Antes de que la isla se llamara La Palma
La historia de los benahoaritas
La isla tiene muchos nombres. Uno de ellos es Benahoare; hoy se llama La Palma. En las fuentes históricas encontramos San Miguel de La Palma; más tarde se añadieron nombres como La Isla Bonita o la «isla verde». Cada uno de estos nombres cuenta un poco cómo las personas han contemplado y comprendido este lugar.
Benahoare pertenece a una capa más antigua de su historia. El nombre se conoce a través de las tradiciones de la época de la conquista castellana y suele traducirse como «mi tierra» o «mi territorio». No es posible reconstruir con total certeza, a partir de las fuentes fragmentarias, cómo se utilizaba originalmente esta denominación ni qué significado tenía para las propias personas que la empleaban.
Hoy llamamos benahoaritas o auaritas a la población prehispánica, denominaciones que también nos han llegado a través de tradiciones posteriores. No sabemos con certeza cómo se denominaban a sí mismas estas personas.
Con ellas comienza la parte de la historia de La Palma que podemos conocer a través de la arqueología y de las fuentes históricas.
Queda abierta la cuestión de si otras personas habían llegado a la isla antes que ellas. Sus huellas podrían estar enterradas bajo depósitos volcánicos más recientes o bajo sedimentos. Una isla que cambia constantemente de forma no siempre conserva su pasado en la superficie.
Por eso, lo que sabemos no comienza necesariamente con las primeras personas que pusieron los pies en La Palma.
Comienza allí donde sus huellas se hacen visibles para nosotros.
I. Llegar
Donde una isla se convierte en hogar
En algún momento, unas personas llegaron por mar.
Alcanzaron una isla cuyo paisaje se diferenciaba profundamente del mundo del que procedían: laderas escarpadas, barrancos profundos, costas secas, bosques húmedos y una cordillera que se elevaba hasta las nubes. Ya no podemos reconstruir si los primeros pobladores se dirigieron deliberadamente hacia La Palma o si formaban parte de un movimiento migratorio más prolongado. Lo único seguro es que llegaron por mar y que su llegada dio lugar a un asentamiento permanente.
La población que se desarrolló aquí mantenía vínculos culturales con las sociedades del noroeste de África. A lo largo de generaciones surgió de ello una sociedad insular propia, marcada por las condiciones de La Palma: la disponibilidad de agua, los distintos pisos altitudinales, las zonas de pastoreo y las transiciones naturales entre la costa y las tierras altas.
Esta isla es pequeña en un mapa. Sobre el terreno puede volverse infinita.
Para las personas que vivían aquí, cada barranco, cada cresta y cada manantial formaban parte de un sistema geográfico conocido. El paisaje ofrecía al mismo tiempo sustento, orientación y límites.
El terreno se convirtió en hogar.
II. La vida
Un mundo de cuevas, rebaños y alturas
Las huellas de la vida cotidiana de los benahoaritas son menos llamativas que los monumentos de culturas posteriores. Se encuentran en cuevas, bajo salientes rocosos, en fragmentos de cerámica, huesos de animales y herramientas.
Una ventana especialmente impresionante a este mundo la ofrece la Cueva de El Tendal, en el norte de la isla. Sus estratos arqueológicos conservan testimonios de ocupación humana a lo largo de largos periodos. Su estratigrafía, bien conservada, constituye una de las fuentes más importantes para investigar la vida prehispánica de La Palma y permite conocer aspectos de la alimentación, la economía, las técnicas de fabricación y los cambios producidos a lo largo de muchas generaciones.
Lo que hoy parece una cavidad natural fue en otro tiempo un lugar de vida y de trabajo.
Aquí, la historia del primer poblamiento se vuelve tangible.
Las personas encendían fuego, preparaban alimentos, criaban cabras, transformaban materiales, fabricaban recipientes, almacenaban provisiones y desechaban aquello que ya no servía. Generación tras generación dejó huellas que finalmente se acumularon hasta formar una historia arqueológica.
Los benahoaritas no eran, ni mucho menos, simples cazadores-recolectores. La cría de cabras desempeñaba un papel fundamental; además, aprovechaban una amplia variedad de recursos vegetales y animales y, allí donde las condiciones lo permitían, practicaban la agricultura. La isla no ofrecía las mismas posibilidades en todas partes; sus recursos debían aprovecharse de manera diferenciada según el lugar.
Las personas se adaptaron a la isla. Y también adaptaron la isla a sus necesidades.
La relación entre las personas y el paisaje no era unidireccional. Las personas respondían a las condiciones de la isla y, al mismo tiempo, transformaban su entorno para hacerlo aprovechable.
También los benahoaritas dieron forma al mundo en el que vivían.
III. Una isla de muchos mundos
Los cantones y el orden del espacio
El paisaje de La Palma está dividido de forma natural y muy marcada. Profundos barrancos atraviesan el terreno, las crestas determinan las transiciones y las condiciones pueden cambiar radicalmente en apenas unos kilómetros.
Esta geografía también se reflejaba en la organización política de la isla. En las fuentes castellanas, La Palma aparece, en el momento de la conquista, dividida en varias unidades territoriales descritas como cantones o señoríos. Hoy no es posible reconstruir con certeza sus límites exactos en todos los casos.
Al frente se encontraban gobernantes locales.
La isla no constituía una unidad política en el sentido actual, sino un entramado de sociedades regionales con sus propios intereses y estructuras de poder.
Hoy trazamos una línea en un mapa y la llamamos frontera.
Entonces, una frontera podía ser un barranco.
Una cresta montañosa.
Un sendero que atravesaba un paso.
La geografía se convirtió en el fundamento del orden político.
Quien cruzaba una cresta en esta isla no solo cambiaba de perspectiva, sino que a menudo entraba también en otro espacio político.
IV. Una isla que había que conocer
Caminos, agua y la memoria del paisaje
Un mundo así, pese a la grandiosidad de sus montañas, difícilmente podía contemplarse desde arriba. No existía un mapa que mostrara la isla entera de un solo vistazo.
Se la conocía de otra manera.
Se sabía dónde nacía un manantial. Dónde pastaban las cabras en determinadas épocas del año. Qué camino atravesaba la cresta. Qué barranco se volvía peligroso después de la lluvia. Dónde comenzaba el bosque y dónde se abría la vista hacia el mar.
Este conocimiento no necesitaba estar escrito para ser preciso.
Se recordaba.
Se transmitía.
Se ponía a prueba.
Se corregía.
A lo largo de generaciones surgió así un mapa mental de la isla: una geografía de la experiencia.
Quizá uno de los legados más invisibles de los benahoaritas sea precisamente este conocimiento, difícil de captar arqueológicamente, de los caminos, los manantiales y las transiciones que el paisaje exigía conocer a sus habitantes.
V. Signos en la piedra
Lo que queda cuando la lengua calla
Algunas huellas son más visibles.
En distintos lugares de La Palma, los benahoaritas grabaron superficies rocosas con signos geométricos. Especialmente impresionantes son los yacimientos de La Zarza y La Zarcita, en el norte. Espirales, formas concéntricas y líneas cubren allí la roca. Ambos conjuntos se encuentran entre los yacimientos de arte rupestre prehistórico más importantes de la isla y cuentan desde 1991 con una protección patrimonial especial.
Podemos verlos.
Lo que significaban, ya no lo sabemos.
Su significado exacto sigue siendo objeto de debate científico. La ubicación de algunos yacimientos cerca de manantiales u otros elementos destacados del paisaje ha dado lugar a distintas interpretaciones. Pero precisamente aquí es necesario mantener la cautela: sabemos que estos signos fueron creados. Lo que sus autores querían expresar escapa a nuestra certeza.
Eso no los hace menos fascinantes.
Un signo cuyo significado se ha perdido nos obliga a distinguir entre conocimiento e interpretación.
Quizá ahí resida una forma particular de cercanía histórica: sabemos que alguien estuvo antes que nosotros ante esta roca y quiso dejar algo inscrito en ella.
Solo que ya no sabemos qué.
VI. Entre la tierra y el cielo
Un paisaje lleno de significado
La naturaleza misma era algo más que un simple telón de fondo en el mundo de los benahoaritas.
En los relatos que se han conservado encontramos ideas sobre seres sobrenaturales, prácticas religiosas y lugares de especial significado. Uno de los más destacados es el Roque Idafe, en la Caldera de Taburiente.
Según las tradiciones transmitidas, esta roca era considerada un pilar que sostenía el mundo. Se temía que se derrumbara y se le ofrecían sacrificios. Los hallazgos arqueológicos de la zona de la Caldera – entre ellos formaciones rocosas con cazoletas y canales, así como las llamadas aras – también apuntan a prácticas rituales, aunque su significado exacto no está esclarecido en todos los casos.
Sin embargo, los relatos escritos proceden de una época en la que la sociedad original ya se encontraba bajo la presión de la conquista y era descrita desde fuera. Lo que sabemos sobre su visión del mundo es, por tanto, también una historia de la transmisión de ese conocimiento.
Y, aun a través de ese filtro, se perfila un mundo en el que el paisaje podía ser algo más que un simple telón de fondo.
Una montaña podía ser una frontera.
Un manantial, una fuente de vida.
Una roca, parte de un orden cosmológico.
El hogar no surge únicamente porque habitemos un lugar. Surge cuando le damos significado.
VII. Cuando otro mundo llegó a tierra
La conquista
A finales del siglo XV, la historia de la isla cambió profundamente.
Con los castellanos llegó a La Palma una sociedad organizada según ideas políticas, religiosas y económicas diferentes. La conquista no fue un momento aislado, sino un proceso de violencia militar, alianzas, sometimiento y resistencia.
Los benahoaritas no se encontraron con una cultura europea abstracta, sino con personas concretas, armadas, llegadas por mar, de fe cristiana y con una concepción del poder y de la propiedad que les resultaba ajena.
Algunas zonas fueron sometidas antes; otras opusieron resistencia durante más tiempo.
Aceró, el territorio de la actual Caldera de Taburiente, fue el que más tiempo resistió.
Allí se concentró la última resistencia.
VIII. Aceró
El último paisaje
Aceró no fue un lugar elegido al azar para el último acto.
La Caldera ofrecía protección, caminos de difícil acceso y barreras naturales. Lo que durante generaciones había sido un espacio de vida se convirtió ahora en un espacio de defensa.
Al frente de la resistencia estaba Tanausú, señor de Aceró. Según los relatos conservados, la Caldera fue el último de los doce señoríos que se resistieron a la conquista castellana.
Su historia sigue ligada a la Caldera hasta nuestros días.
Pero también aquí es necesaria la cautela: los relatos sobre Tanausú proceden de la tradición de la época de la conquista. No lo conocemos a través de sus propias palabras.
Quizá precisamente por eso su historia resulte tan conmovedora.
Una persona cuya propia voz se ha perdido permanece en la memoria a través de un paisaje y de los escritos de sus adversarios.
En 1493 cayó Aceró.
Con su sometimiento terminó la independencia política de las sociedades prehispánicas de La Palma.
El antiguo nombre de la isla pasó a un segundo plano; en el nuevo orden encontramos San Miguel de La Palma.
Benahoare quedó en las tradiciones transmitidas.
IX. Las personas permanecieron
Lo que vino después de la conquista
La conquista significó violencia, desposesión, esclavitud y una profunda reorganización de la vida social.
Sin embargo, no significó que las personas que habían vivido anteriormente en la isla desaparecieran de repente.
Muchas fueron bautizadas, integradas en la nueva sociedad o llevadas fuera de la isla. Otras permanecieron. Las familias se mezclaron; las lenguas y las ideas religiosas cambiaron o se extinguieron. Las relaciones de propiedad y las estructuras políticas fueron reorganizadas.
Por eso, 1493 marca menos el final de una población que el final de su independencia política y cultural.
No existe un antes y un después sencillos.
Hay personas que permanecen.
Personas que se ven obligadas a marcharse.
Personas que se adaptan.
Personas cuyo origen acaba integrándose en la nueva sociedad.
La historia de La Palma no es solo la historia de una derrota.
También es una historia de supervivencia.
X. Lo que permanece
Hoy encontramos la historia prehispánica de La Palma en muchos lugares.
En yacimientos arqueológicos.
En cuevas.
En grabados rupestres.
En museos.
En la investigación.
Y, a veces, en un nombre cuyo significado original solo podemos entrever.
Pero el legado de los benahoaritas no reside únicamente en objetos concretos.
También reside en comprender que, mucho antes del mundo moderno, La Palma ya era un paisaje habitado, utilizado y comprendido.
La isla nunca estuvo vacía.
Y las personas que viven hoy en ella no están fuera de esta historia.
La continúan.
Una isla que nunca está terminada
La isla ha llevado muchos nombres.
Uno de ellos fue Benahoare.
Desde entonces se han añadido nuevos nombres, personas e historias. Algunas huellas del mundo antiguo han desaparecido; otras se han conservado o permanecen ocultas, bajo sedimentos, depósitos volcánicos o las capas de un paisaje que cambia constantemente.
Porque también las huellas del pasado son cambiantes.
La Caldera sigue erosionándose. El Barranco de las Angustias continúa excavando el macizo. Las rocas se desgastan, las laderas cambian, los bosques se desplazan.
El paisaje que conocemos hoy es solo una instantánea.
Geológicamente, La Palma es una isla joven. Lo que a nosotros nos parece terminado no es, a escala de la historia de la Tierra, mucho más que un abrir y cerrar de ojos.
El libro de La Palma acaba de abrirse.
Las personas escriben sus capítulos en él.
Pero el paisaje sigue escribiendo: los volcanes levantan nuevas tierras, mientras el agua y el tiempo vuelven a erosionarlas.
Quizá ahí resida la verdadera singularidad de esta isla:
No conserva su historia permaneciendo inmóvil. La lleva consigo hacia el futuro.
- [1]María del Carmen Borrego Plá. La Fundación de San Miguel de Las Palmas. Coloquios de Historia Canario-Americanahttps://revistas.grancanaria.com/index.php/CHCA/article/download/7970/6969/8180
- [2]Jesús Pérez Morera. El convento dominico de San Miguel de La Palma después de la invasión francesa de 1553: discurso escatológico y contrarreformista. Revista de Estudios Generales de la Isla de La Palma / Universidad de La Lagunahttps://portalciencia.ull.es/documentos/5ea21be52999521f7d520fd2
- [3]Amelia del Carmen Rodríguez Rodríguez; Juan Francisco Navarro Mederos. La industria malacológica de La cueva de El Tendal (San Andrés y Sauces, isla de La Palma). Vegueta: Anuario de la Facultad de Geografía e Historia / Universidad de Las Palmas de Gran Canariahttps://accedacris.ulpgc.es/handle/10553/2384
- [4]Fernández-Palacios et al.. Reconstructing formation processes at the Canary Islands indigenous site of Belmaco Cave (La Palma, Spain) through a multiproxy geoarchaeological approach. Geoarchaeology / Wileyhttps://doi.org/10.1002/gea.21972
- [5]Jacob Morales; Amelia Rodríguez; Pedro Henríquez-Valido; et al.. Agriculture and crop dispersal in the western periphery of the Old World: the Amazigh/Berber settling of the Canary Islands (ca. 2nd–15th centuries CE). Vegetation History and Archaeobotany / Springer Naturehttps://doi.org/10.1007/s00334-023-00920-6
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- [7]Pedro Nolasco Leal Cruz. Toponimia y antroponimia benahoarita. Tres historias benahoaritas de Abreu Galindo mal interpretadas. Biblioteca Digital del Español de Canarias / Academia Canaria de la Lenguahttps://bdec.academiacanarialengua.org/archivo/toponimia-y-antroponimia-benahoarita-tres-historias-benahoaritas-de-abreu-galindo-mal-interpretadas/
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